NICOLAS OLIVARI
En la época de un alvearismo (1922-28) ebrio de grandeza y aparentemente progresista, irrumpe el poeta sedicioso por vocación con La musa de la mala pata (1926). Respaldado por la autoridad de Ricardo Guiraldes -en cuanto a la ruptura de su verso- arremete contra los líricos piangentes. La cultura aburguesada se erige en el centro de sus invectivas. Como afirma en su ensayo sobre Gálvez (1924): "Los críticos argentinos se resienten en su mayoría de influencias librescas, conocen muy poco el país y juzgan a los escritores que lo retratan, a la manera elegante de los críticos franceses. Abrevaron en Saint Beuve, en Brunetiere y en Paul Bourget; y cuando se les presenta un trozo de vida tan porteña como en 'Historia de arrabal', hacen el mismo gesto de incomprensión y de extrañeza que otrora usaron para la literatura gauchesca, que era lo único sincero y real que teníamos".
Olivari estremece los ateneos y cenáculos literarios a partir de su annus irae (1929) con la publicación de El gato escaldado.
El petit burgeois y las honnetes gens a quienes acusa como culpables de una decadencia que derivará en el golpe de Uriburu y los septembrinos, junto a un dandismo que comienza a agotarse, son blanco privilegiado de sus flechas. El primer poeta "sin metro, sin escala y sin medida" (Mi mujer) democratiza la escritura eliminando toda distinción entre poetas y escritores en prosa. A mitad de camino entre el cenáculo distinguido y la masa proletaria se transforma en un verdadero pontifex.
En su cuento-poema La última levita de George María Brummel registra la historia del decadentismo del petimetre: "George María jadea en la alcoba. Es un líquido rezumar de palabras que se deslizan en la breve espuma asomada a su boca, primer premio en el concurso internacional de dentífricos a la creta (...) George María, el príncipe de los elegantes, descarna una sonrisa sin carozo y amaga la levedad de una cortesía impar (...) La sombra avanza. En sus brazos una prenda oblicua de pliegues, parece ser el preanuncio de la mortaja. -¡No, grita aún el incomparable dandy, quiero morir de levita!"
La ácida crítica a la sociedad burguesa tiene su epítome en Una partida de caza, donde verificamos resonancias kafkianas de El Castillo. El relato es una respuesta recriminadora y acusadora de una comunidad perversa. Allí expresa: "Terminé de relatar lo que me había sucedido, confiando en que esa gente sencilla me ayudara a explicar lo que me había sucedido en la casa de los millonarios, cuando... comprendí. La misma expresión ávida, golosa, exuberante de ansiedad animal, de ancestral hambre que dormía en el alma del hombre desde los días iniciales de la Era, en las selvas y en las cavernas, brotaba a mi contacto con su fuerza primitiva, salvaje, irreal. Yo, mi cuerpo (...) llamaban al instinto de la especie que sólo yo despertaba en todas partes, aguzando los colmillos de la millonaria, llameando en los ojos de los invitados, cargando las pupilas de esos peones camineros con los alucinantes reclamos de la antropofagia".
El homo homini lupus es el punto de partida del relato, conjugándose la intención social y la tragedia, sin desdeñar la veta humorística. En su escritura como tentativa de exploración aparecen los conflictos humanos con un lenguaje de acentuada policromía. Como afirma Bernardo E. Koremblit, el lector de Chesterton y de Proust "si se nos muestra a veces exagerado, grotesco, estrafalario y estupefaciente, no hay en estos aspectos motivos censurables, como el deseo de la originalidad, de fastidiar al burgués".
En efecto, en Ideas, Emilio Becher había diagnosticado que "las miserables preocupaciones políticas, de la Bolsa, y de los salones (...) en una ciudad donde el escritor es un perseguido y despreciado, donde la literatura es un oficio infame, es de agradecerle que haya demostrado, contra la mediocridad imperante en los clubes, la superioridad social del artista".
Sin embargo, Nicolás Olivari descree de cualquier superioridad: es deliberadamente sedicioso con el fin de irritar a sus colegas sobrios y pacatos. El autor del tango "La violeta" y de numerosos actos radiotelefónicos nos muestra, como decía Roberto J. Payró, a un anatomista formidable. Su letra de tango es una verdadera disección del ser humano: (Con el codo en la mesa mugrienta/ y la vista clavada en un sueño.../ la aprendió cuando vino con otro/ encerrado en la panza de un buque).
En la era post-Uriburu la misión del escritor se consagra a un motivo excluyente: debellare superbos.
3. EL POETA ASESINADO
Lejos de moralizar ("no conozco moralista que sea un poeta de primer orden") y escatológicamente refinado ("con buenos pensamientos puede hacerse pésima literatura") Olivari es la voz insubordinada, un resabio de rebelde bizantino. Como su compañero Lorenzo Stanchina, es comprometido y lúcido, aunque equidista de los "antagónicos" movimientos de los años 20.
Si en La mosca verde expresa su rebelión contra la mediocridad de una sociedad asfixiante, en Un poema trunco refleja la frágil condición del poeta frente a la existencia. Expresa "Todo no es mucho, sin embargo (...) Pongamos el caso: un intelectual. Un hombre quizá extraño, pero bueno, dedicado a sus libros, a sus alumnos, a sus amigos. Con gustos perfectamente inocentes".
En el relato se produce el encuentro de dos poetas frustrados, dos náufragos, donde se observa una constante escritural olivariana: la paradoja. A la manera chestertoniana produce dos mundos paradojalmente irreconciliables: "Despierto de aquella maravillosa fantasía (...) volvía la cruda realidad de su existencia a estrangularlo con su lengua apremiante".
Este "Jonás redivivo de la poesía", como lo bautizara Macedonio Fernández, subsiste en un estado de inadecuación al medio. En El poeta asesinado (1934), relato publicado en la revista El Hogar, resume dicha situación en tres movimientos: la publicación de un poema en el rotativo en el cual el poeta desarrolla una labor periodística, la esperanza de ser leído por la "mujer de su poema" del tranvía y finalmente, el desencanto: "La muchacha había leído todo, completamente todo el diario, menos su poema. El poeta se desangró desesperado sobre su asiento. Era como si le hubieran pegado una puñalada..."
Bibliografía Díaz Plaja, Guillermo: La ventana de papel, ensayos sobre el fenómeno literario, Madrid, Austral, 1971. Koremblit, Bernardo E.: Nicolás Olivari, poeta unicaule, Buenos Aires, Editorial Deucalión, 1957. Olivari, Nicolás: * "La moderna literatura brasilera", Revista Martín Fierro, Buenos Aires, 2da. época, año 2, números 22 y 23, 1925. * "El poeta asesinado", Revista El Hogar, Buenos Aires, año 28, número 1167, 26 de febrero de 1932. * La mosca verde, Buenos Aires, Editorial Tor, 1933, primera edición. Olivari, Nicolás y Stanchina, Lorenzo: Historia de arrabal, Manuel Gálvez, ensayo sobre su obra, Buenos Aires, Agencia General de Librería y Publicaciones, Rivadavia 1573, 1924.
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La musa de la mala pata
Dedicatoria
Dedico este libro, grotesco, rabioso e inútil, a todos los empleados de Comercio de mi ciudad. Pobres seres canijos y dispépticos que nunca conocieron el amor y dividieron la vaguedad sentimental de sus vidas entre el cinematógrafo de barrio y la magnesia calcinada de Carlos Erba. Pobres seres que huelen los versos y mastican la 5ª edición de "Crítica" mientras limpian sus lapiceras en el lamentable relieve de sus traseros afilados por la inminencia de la patada patronal.
Advertencia
Las ilustraciones que hay en este libro fueron robadas por el autor de "La musa de la mala pata" en revistas francesas y argentinas.
Con la despreocupación de hijo del siglo no se detuvo a investigar el nombre de los autores. Pero con su defensivo instinto de franco tirador ante la propiedad artística asegura que no discutirá a nadie que presente su reclamación en tal sentido, la paternidad de las ilustraciones y si mucho se empeñan, la paternidad de los poemas, cosa que felizmente, por las razones que darán sus críticos, no sucederá.
Así como el editor multimillonario del año 2926 publicará los versos del autor de "La musa de la mala pata" con el dulce título "Cancionero popular anónimo" o "Antología de los poetas atorrantes del siglo pasado" sin entrar a discutir con el erudito profesor de literatura de los archivos de la Universidad General de Chuquisaca que, con gran acopio de datos falsos y citas erradas pruebe mi paternidad en los poemas que desintegran este libro.
Nicolás Olivari.
Prólogo
Para "La musa de la mala pata" que Jorris Karl Huysmann, envió al autor minutos antes de convertirse al catolicismo.
Hasta la imperfección le gustaba, con tal que no fuera parásita ni servil, y acaso hubiera una dosis de verdad en su teoría de que el escritor subalterno de la decadencia, el escritor todavía personal, aunque incompleto, alambica un bálsamo más irritante, más aperitivo, más ácido que el artista verdaderamente grande, verdaderamente perfecto de la misma época. Entre los turbulentos esbozos de esos escritores era donde se advertían las exaltaciones más sobreagudizadas de la sensibilidad, los caprichos más morbosos de la psicología, las depravaciones más exageradas del lenguaje, obligado en último término a contener, a arropar las sales efervescentes de las sensaciones y de las ideas.
JORRIS KAKL HUYSMANN [9]
Canción con olor a tabaco, a nuestra buena señora de la improvisación
I
Santa Señora absurda de linotipia con un mono sabio cabe tu regazo, el retruécano oye de mi melancolía y como buena efigie no le hagas caso.
II
Como Titio Livio, santo catedrático, empeñé mi día en la buena acción, resultó señora, ¡caso matemático!, he aquí señora, justa relación...
III
Nuestra tuerta musa, la que uso a diario [10] encontrose a sueldo en un diario serio, ¡qué triste es Señora, para el foliculario ver crecer al hijo de sus adulterios!...
IV
Café de poetas con caras de perro. -"Este es un necio, aquél un carcamal", -"Y de ese Olivari, ¿qué opinan?, me aferro a la crítica, ese mocito es un informal..."
V
Me siento, un poco triste, para escuchar, mientras dejo paso a mi hipocondría: -"Ese muchacho va de yerro en yerro..." -"¡Mozo! medio litro, pero bien frappé." -..."puesto que ni figura en la Antología del Señor Doctor Don Julio Noé..."
VI
Esta noche vago como un alma en pena y como siempre en busca de la buena acción encontré un zaguán ¡oh! ¡tu luz de luna llena! y resueltamente rebalsé el portón.
VII
La prostituta alzando su grupa en la palangana se despatarra, el pobre poeta se calza su chupa y en la ceniza del amor esgarra... [11]
VIII
Para la tristeza téjeme una cuerda, téjeme una cuerda de humo sutil, téjeme una cuerda con la frágil cerda de tu voluta endeble, ¡ilusión de dril!...
IX
Entre la musa estéril y la camaradería entre las Revistas y la corrección formal me he quedado, hermanos, sin mercadería y casi creo ser intelectual...
X
Humo de inconstancia ábreme tu anillo para la pirueta del salto mortal, mientras tú existas, rubio cigarrillo, mi alma peregrina ensayará volar... XI
(Menos mal que fumo el árido tabaco del rencor en grumo...)
XII
Tiéndete en la cuerda del humo que fumo -alma peregrina tu pena esfumina- álzate el faldín montgolfiera de humo, -alma peregrina puedes columpiarte- o la cuerda floja, loca danzarina puede que te sirva para extrangularte... [12]
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