Graciela Saldaña
Orígenes
Querido abuelo:
La vida es redonda y eso me da mucho gusto.
Sobre todo cuando vivo momentos como el domingo pasado de tanta emoción que la perforan, la dividen y hacen que uno sienta en el cuerpo esa necesidad de volver a lo redondo, pues el abrazo es signo de ello.
Ese fin de semana, llevada por el pedido de mí hermano Luis, fui a pasar unos días en la casa de mi viejo y su esposa. Luego de una discusión común con mi querido marido me levanté con ganas de estar con mi viejo. (Hace un tiempito que hago las cosas, no inmediatamente, sino recién cuando las ganas, después de dar toda una vuelta, golpean en mi boca transformadas en decisiones precisas, como verás otra vez lo redondo).
El viaje de apenas ochocientos kilómetros, me resultó tranquilo. El sol me pareció más sol y el campo más nítido que otras veces. Llegamos y ya nos esperaban con ricos manjares, ésos que traen un acento a mi niñez pueblerina.
En la mesa había desde cebollitas en escabeche hasta aceitunas caseras. Mi padre me ofrecía su afecto en los gestos y yo los recibía en un vaivén de añoranza infantil.
Pasó el día, llegó el domingo y con él las ganas de salir a tomar unos mates por ahí. ¡Qué vueltas tiene la vida! ¿No? Por más que se tenga una casa con jardín, con patio, siempre, en el mejor de los casos, nos encontramos con el empuje a la salida.
Y así fue que escuché que mi viejo mencionó ir a visitar la mina donde trabajaste buena parte de tu vida. “Hace unos años que vivo aquí y todavía no he ido”, dijo, y sabrás cómo es el deseo: se lo escucha sin merodeos; nos entra al cuerpo como ráfaga apacible y ¡ya está! Don recibido, don multiplicado, don donado. Es redondo, es redondo, y como el abrazo es con otro; en fin, así iniciamos todos juntos en caravana el desértico camino a las Minas de los Cóndores, situada en el noreste de la provincia de San Luis.
Lamenté no viajar con mi padre sólo por el hecho de perderme las anécdotas que le mantenían comunicado contigo. Pero gocé de los mimos que su esposa le hacía a mi hija menor y eso sí que es rico. La chiquita se desvive por esa abuela, cosa que a mí me llena de enigmático placer. Son los abrazos. Lo redondo que anda dando vuelta, aquello que llevamos de generación en generación, eso que les trasmitimos a los hijos: el afecto por sus mayores, el respeto por sus orígenes.
Cuando llegamos a las Minas, inmediatamente al bajar de los autos ya flotaba en el aire la voz de mi padre señalando el hotel donde se quedaba a dormir su padre; tu.
El lugar, lejos de lo que imaginé, contaba con un puñado de casas, todas tan bonitas y tan conservadas que resultaba inexplicable cómo hoy sólo eran símbolo de un antiguo floreciente progreso. Todo estaba intacto; paredes, ventanas y balcones, pero a la vez todo despoblado; ni un habitante nos daba la bienvenida, la que era ofrecida amablemente por un baqueano del puesto de informes, tal vez con la idea de hacernos conocer lo que alguna vez sucedió ahí, entre la paredes de tan glamoroso hotel, en las aulas o jardines de la ahora triste escuela serrana; en esta oportunidad visitada sólo por unos gansos impertinentes y algún que otro perro merodeador. Era sobrecogedor imaginar que por ahí habías transitado vos, vaya uno a saber con qué pensamientos.
Seguimos la travesía, entramos a la secretaría, una especie de museo hecho con toda la arqueología de esa época en que la mina era rica en tungsteno, época en que ese alemán rápido para los negocios, se encargó de que un buen montón de gente acostumbrada a la perezosa siesta puntana se convirtiera en un grupo de orgullosos y honrados mineros, a costa de dejar la familia, perder de apoco los pulmones y muchas veces tempranamente la vida, pues el encuentro del pico con la dinamita que había quedado sin detonar solía ser fatal, comentaba tu hijo recordando tus dichos. De esto último no hay testimonio en el lugar, aunque es muy fácil deducirlo. Pero sí hay testimonio de los mapas de la zona, de los acuerdos y aprobaciones para realizar la bendita extracción, fotos de algunos de ustedes. Hasta un billar, de cuando se los hacia con la base de piedra y terminaciones en hierro macizo. También están las lámparas con que se alumbraban para entrar a las minas, cada una de ellas luce, a modo de marbete, el nombre y apellido de su antiguo dueño.
Fue, haciendo ese recorrido cuando me topé con mi apellido, ¡va! con el tuyo, con el de mi viejo. Fue un instante; tuve la sensación de un tiempo detenido, un tiempo que me abstraía llevándome a estar mágicamente tan cerca de tu vida, de tus padres, tus abuelos y de lo que había quedado atrás en el camino. Mi propia voz interrumpió con un llamado: Vení, mirá qué dice acá. Él se puso contento hasta el caracú. Me lo decía su semblante. Él también había encontrado parte de su viejo, y vaya uno a saber que más había encontrado en ese hallazgo, en ese apellido que también lo identificaba. Fue un momento especial, nuestros ojos se transmitían un reflejo particular que nos enlazaba alrededor de eso tan maravilloso que habíamos descubierto. Modo de tenerte o de tenernos presente: trenzadas las tres generaciones palpitando alrededor de tu farol. Imaginando tus manos, tu andar, tus tristezas, tus durezas, tus ilusiones; construyendo así, poco a poco, otra imagen, más humana, de tu paso por ésta tierra, vivificada en ese tesoro encontrado; el que con su magnetismo produjo, en un segundo, que cada uno de nosotros, brilláramos de alegría como el rojizo piquillín que cubre el monte.
Reencontrar huellas de nuestro pasado era conmovedor. Toda la familia mirando la lámpara con que te alumbrabas para recibir esa misma lumbre que te permitió guiarte en las peligrosas excavaciones de las oscuras minas de los Cóndores, hoy transformadas en cuevas de paseo turístico que gritan a los cuatro vientos el feroz arrasamiento del que fue victima ese terruño de tanta belleza.
Con el tungsteno se fue también el bullicio matinal, las ginebras del atardecer y los pobladores en su totalidad, transformando al pueblo en castillos fantasmales hilvanados en medio de las sierras.
Así, en el cruce del pasado y el presente, entre el arrasamiento y lo bello a mí el fuego de tu encuentro me abrazaba entibiando la mirada, agujereando lo redondo. Permitiéndome que, entre tantos fantasmas serranos pudiese rescatarte a vos, mi abuelo, y en esta oportunidad no estaba sola, estaba con él, con ellos.
Graciela Saldaña.
Antología Palabras sin tiempo - Taller Literario Centro Cultural Belgrano R
Producción año 2007
Coordinador del Taller Literario: Eugenio José López
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